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CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN – El juego de las canicas: destreza, pasión y competencia

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CRÓNICAS DE YAUHQUEMEHCAN
El juego de las canicas: destreza, pasión y competencia

David Chamorro Zarco
Cronista Municipal

Me gusta mucho la música de Don Francisco Gabilondo Soler, «Cri – Cri», pues estoy seguro de es uno de los compositores más importantes de nuestro país. Concretamente, escucho en este momento «La marcha de las canicas», que muestra una colorida estampa de estas pequeñas esferas de vidrio cayendo desde lo alto de una escalera.
​Estoy seguro que muchas, y en especial muchos, de los amables lectores tuvieron oportunidad en su infancia de jugar a las canicas. Así como el día de hoy los pequeños parecen embebida por los video juegos y la navegación en las redes sociales, las generaciones anteriores tuvieron su pasión dedicada a juegos como este, el de las pequeñas esferas de vidrio que incluso en no pocas ocasiones, cuando había deshonestidad o trampas francas, o cuando alguno no era capaz de dominar su frustración por la derrota, los juegos terminaban a trompada limpia.
​Las canicas, como tales, tienen miles de años en la historia de la humanidad. Diversos trabajos de arqueología les han encontrado en diversas excavaciones, aunque no se tiene muy preciso si eran consideradas, como en la época contemporánea, como útiles de juego. La mayoría de tales elementos estaban hechos de arcilla o barro cocido. Todo parece indicar que no fue sino hasta el siglo XIX, y acaso más concretamente en la centuria anterior a la actual cuando, gracias a los avances industriales y de producción en masa, las canicas fueron confeccionadas a partir de vidrio. Los diseños logrados a partir de la combinación de colores, dan a las canicas un atractivo muy especial.
​Desde luego, hay y había diversas calidades y características en las canicas, pues no todas eran iguales. Las comunes solían ser de un tamaño relativamente pequeño y casi siempre de un solo color. En cambio, existían otras, ligeramente más grandes y de mayor peso, regularmente con combinaciones de varios colores, a las que se llamaba de forma común «tiros» y que justamente servían para que el jugador pudiera confrontarse con los otros, lanzando, en su oportunidad, su «tiro» en contra de los de los demás o hacia las canicas que se encontraban en juego.
​Las canicas se vendían en prácticamente cualquier tienda de pueblo. Se podían comprar sueltas o bien en conjunto, en cuyo caso venían metidas en una red o malla. Los niños las transportaban en esos mismos elementos o en bolsas de diversos materiales, aunque lo más regular era simplemente meterlas en los bolsillos de los pantalones, con lo que, al caminar, se producía un sonido muy particular. Desde luego, casi siempre, la consecuencia de cargar las canicas en el pantalón era que los bolsillos terminaban rompiéndose con el peso, con el consabido regaño de las mamás, increpando porque no sabíamos cuidar nada.
​Naturalmente, la iniciación en la práctica del juego de las canicas era en los primeros años de la educación primaria, aunque supongo que la maestría se alcanzaba en el cuarto o en el quinto grado. Los patios de las escuelas y de las casas eran los lugares preferidos por los niños para los torneos, aunque, a decir verdad, cualquier lugar mediamente parejo y limpio podía servir como escenario para desarrollar un buen juego.
​Desde luego que jugar a las canicas implicaba apostar. De hecho, se podía jugar aclarando que era «de mentiras» cuando no se arriesgaban las canicas y al final cada quien levantaba las propias, sin importar quién hubiera ganado la competencia. No obstante, cuando se decía con toda formalidad y compromiso que era «de a deveras», se entendía que la apuesta tenía toda la seriedad y había que someterse a aceptar los resultados.
​Para jugar a las canicas, había diversas variantes. Sólo comento las que eran más populares, sin dejar de lado que existían otras alternativas en el juego. Acaso una de las más populares era la competencia directa a la que denominaba «hoyito» y que consistía en hacer un pequeño agujero en el piso, regularmente pisando uno de los «tiros»; a continuación, de manera alternada, los competidores, desde una distancia previamente convenida, tiraban su canica de competencia tratando de insertar en el orificio. Podían existir reglas de mayor dificultad, como cuando se declaraba, desde el principio de la partida que era «a más de una cuarta», lo que significaba que si el tirador en turno lanzaba su «tiro» hacia el orificio y no atinaba a insertarse y quedaba a menos de una cuarta de distancia (es decir, la extensión de una mano, midiendo los límites de los dedos pulgar y meñique), tal jugador quedaba automáticamente descalificado.
​Cuando alguien lograba insertar su «tiro» en el «hoyito», se cantaba, es decir, se anunciaba, que «las traía», lo que significaba que podía tirar a matar a sus competidores. Entonces apuntaba con su canica a la del jugador más cercado y si era capaz de golpearla, el jugador quedaba eliminado, pues lo habían «ponchado». Si tal sucedía, el niño que «las traía» podía continuar apuntando al resto de los competidores hasta que fallara, en cuyo caso los demás retomaban su torno intentando insertar su canica en el «hoyito», pues si no lo hacían, el niño que «las traía» podía seguir tirando a matar en cuanto le llegara su turno.
​En esta modalidad del «hoyito», se acordaba regularmente que la apuesta era perder el «tiro», es decir, la canica con la que cada niño estaba jugando. Quepa decir que los «tiros» tenían un valor económico y estratégico más alto que las canicas comunes, pues por su tamaño y peso permitían un mejor manejo en la mano del jugador diestro.
​También es necesario aclarar que jugar a las canicas implicaba varias habilidades esenciales. En primer lugar, la buena disposición para el disparo, pues no es lo mismo simplemente oprimir la esfera entre las yemas de los dedos pulgar e índice, procurando que la canica resbale, a lograr mucho mayor velocidad utilizando como lanzadera la uña del dedo pulgar que, debidamente contraído hasta la altura del dedo medio, impulsaba a la canica para verdaderamente salir disparada a gran velocidad. Nutualmente, un tiro fuerte no sería nada sin la capacidad de la puntería, y verdaderamente había niños que, de forma literal, donde ponían el ojo, ponían la canica.
​Como en toda actividad humana, para lograr este tipo de destreza, los jugadores debían invertir muchas horas de dedicación y esfuerzo. Había un término muy concreto para referirse a los niños mas diestros o con mayor maestría en el juego de las canicas. Se les decía «vagos», para ilustrar que dominaban el juego en todos sus aspectos.
​Otra modalidad muy vistosa y especialmente atractiva por lo que se ponía en la apuesta era la del «rombo», también conocida simplemente como «ron». Se trataba de que, con los dedos índice y pulgar extendidos, se trazaban en el suelo cuatro líneas paralelas entre sí, de manera que se tenía un rombo regular. A lo largo de sus bordes, los jugadores colocaban en número de canicas que hubieran convenido apostar. Naturalmente, es fácil imaginar que si eran muchos los jugadores participantes y la cantidad de canicas era grande, el rombo lucía atestado de canicas, lo que representaba una muy jugosa ganancia para quien ganara el juego.
​Lo primero que se determinaba era el orden de participación, para lo cual regularmente se pintaba una raya en el piso y desde una distancia previamente convenida, los participantes lanzaban sus tiros, de manera que quien hubiera quedado más cerca de la raya, era el que iniciaba, seguido del segundo en distancia y así sucesivamente.
​Los jugadores disparaban sus «tiros» hacia las canicas que se encontraban formadas en las líneas del rombo, tratando de sacar al menos una a una distancia mayor de una «cuarta», con lo cual se anunciaba que «las traían», teniendo el derecho de tirar a matar a los tiros de los otros competidores. Si lograban «ponchar» a uno, podían de inmediato tirar sobre otro competidor, de manera que aquí la puntería era fundamental, pues se entiende que una vez «ponchado». El jugador ha quedado eliminado, por lo que sale del juego, pierde sus canicas apostadas y no puede aspirar a llevarse el preciado botín.
​Las canicas sólo salen momentáneamente del rombo, pues una vez que el jugador en turno logra la condición de «traerlas» o no, las esferas vuelven a formarse, pues a final de cuentas el jugador que logre el triunfo absoluto tiene el derecho de llevarse todas las canicas apostadas. En entenderá que estos juegos eran de los más apasionantes y hasta largos, debido a la cantidad de niños que participaban y al número de canicas puestas en riesgo. A veces ni la media hora del recreo era suficiente para terminar la partida, en cuyo caso, al sonar la campana que daba la orden de regresar al salón de clases, había varias soluciones a aplicar: la más justa es que los niños que aún sobrevivían en em juego, se dividían las canicas de la apuesta en partes iguales; la más injusta era que algún alevoso gritara «¡leva!» y entonces cualquiera pudiera tomar, a la brava, las canicas que podía recoger, lo que muchas veces terminaba en batallas campañas entre los competidores.
​La verdad, no era para menos. Había ocasiones en donde había cincuenta canicas o más en juego, con lo que el niño que ganaba se llevaba prácticamente una bolsa llena de canicas. Era una práctica muy común que las partidas grandes se llevaran a cabo ya fuera del horario escolar, o sea, a la salida, con lo que había más holgura, aunque también el riesgo de recibir una buena felpa en casa por llegar tarde de la escuela.
​Había decenas de detalles en torno de las canicas, por ejemplo, advertencias muy claras de que lo tirado era lo jugado, es decir, que nadie podía aludir que se había equivocado y que deseaba corregir su jugada, para lo que se aplicaba la frase «No hay Safin zafado»; había maniobras sucias como la de querer asustar o desconcentrar al tirador, por lo que se advertía que «no se valía ciscar»; otras maniobras engañosas o sucias eran gritar «¡Altas hasta las rodillas!», con lo que se obligada al tirador a hacer su disparo desde la altura exigida; o cuando alguien, temiendo que lo «poncharan», gritaba «¡Sucias!» y pateaba el suelo, tratando de interponer piedras, palos o tierra para proteger su tino.
​Desde luego, en caso de dudas, inconsistencias o presunción de alguna trampa, se buscaba el arbitraje de una persona ajena al juego, regularmente de un niño más grande y sin antecedentes de ser tramposo o alevoso, para que decidiera en torno de alguna controversia aunque, como ya tengo dicho, la gran mayoría de lo conflictos en los juegos de canicas se zanjaban a trompadas y patadas entre los interesados, sobre todo cuando había resistencia de parte del perdedor a pagar lo que se había convenido.
​En nuestra región, debido a la cercanía de los talleres del ferrocarril, algunos niños tenían la posibilidad de acceder a balines de acero puro, mismos que eran utilizados como «tiros», aunque, a decir verdad, no era nada justo, pues el peso de esos elementos les daba una clara ventaja frente a las canicas comunes. Muchas veces era tan fuerte el disparo de los balines o de las propias canicas, que al chocar contra otras quedaban partidas. En otras ocasiones sólo se les caía un pedazo, con lo que se decía que estaba «cascada» o «mocha».
​Las canicas y las resorteras o «charpes» eran accesorios inseparables de los niños de las generaciones anteriores. Fue un mundo diferente en donde nada importaba tirarse en el suelo para tener un buen ángulo de disparo, o traer las rodillas de los pantalones rotos, lo mismo que los bolsillos.
​El juego de las canicas si bien no puede decirse que ha desaparecido, si ha disminuido mucho como práctica cultural y folclórica de nuestra sociedad, al igual de algunos otros elementos como la construcción y vuelo se papalotes o cometas, el trompo, el yoyo o el balero.
​Al cerrar este artículo, me acuerdo de una canción muy colorida que escribió Chava Flores que se llama «Cachacuaz y Cupertino», en donde nuestro querido autor pinta de forma maravillosa este juego de las canicas que, sin duda alguna, es parte no sólo de nuestro folclore, sino de nuestro patrimonio cultural inmaterial.
¡Caminemos Juntos!
#AyuntamientodeYauhquemehcan #Tlaxcala #Yauhquemehcan #Crónica #CaminemosJuntos

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Continuamos rehabilitando calles de Chiautempan: Blanca Angulo

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Continuamos rehabilitando calles de Chiautempan: Blanca Angulo

La alcaldesa de Chiautempan, Blanca Angulo Meneses informó que actualmente se desarrollan acciones de obra pública en distintas zonas del municipio, esto como parte de las acciones continuas para el mejoramiento de vialidades y en respuesta a una de las principales demandas ciudadanas.
Actualmente, en la colonia Reforma se trabaja en la calle Delfino Montiel, donde se coloca una nueva carpeta asfáltica; mientras que en el barrio de Tlapacoya, el Callejón de las Flores es intervenido con la rehabilitación del drenaje y trabajos de adoquinamiento.
En la cabecera municipal, sobre la calle Unión, ubicada entre las calles Antonio Díaz Varela e Ignacio Allende Poniente, se realizan trabajos de rehabilitación del drenaje sanitario. Asimismo, en el tramo Ferrocarril en Xaxala, con dirección al Mercado Nuevo, se llevan a cabo jornadas de bacheo para mejorar las condiciones de circulación.
Con estas acciones y con el respaldo de miembros del cabildo, se mantiene el compromiso de atender las necesidades de infraestructura vial y recuperar espacios que durante años presentaron deterioro, con trabajos que contribuyen a una mejor movilidad y a calles en mejores condiciones para todas las familias chiautempenses.

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Gobierno de Chiautempan fortalece la perspectiva de género en el servicio público

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Con el objetivo de fortalecer un servicio público basado en el respeto, la igualdad y la inclusión, el Gobierno Municipal de Chiautempan llevó a cabo la capacitación “Formación inicial en perspectiva de género”, dirigida a trabajadoras y trabajadores del Ayuntamiento.
Durante esta jornada se brindaron herramientas para reconocer la importancia de incorporar la perspectiva de género en el ámbito laboral y en la atención que se brinda a la ciudadanía, promoviendo espacios donde prevalezcan el respeto, la igualdad de oportunidades y la no discriminación.
La actividad forma parte de las acciones que impulsa la presidenta municipal Blanca Angulo Meneses para avanzar hacia una administración pública más consciente y comprometida con la construcción de entornos igualitarios.
Con este tipo de capacitaciones, el Ayuntamiento de Chiautempan reitera su compromiso de continuar generando conciencia entre mujeres y hombres, impulsando relaciones basadas en el respeto y contribuyendo a una sociedad donde todas las personas puedan desarrollarse en condiciones de igualdad.

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La remodelación de la Plaza de Toros de #Apizaco, es emblema de la Ciudad de Apizaco.

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